Cuando se jubiló solo sabía una cosa: no quería pasar el resto de sus días sentado en la vereda sin nada que hacer. Un día se animó a salir a caminar por San Javier y su vida cambió por completo. Por total azar, se encontraría con la pasión que motoriza su vida hace ya casi una década: el montañismo. Rubén Goñi (75) hizo su primer ascenso a los 66 y nunca paró. Y aunque admite que no persigue ningún récord, sin querer la pasión lo lleva a cada vez más. A fines de enero hizo (por segunda vez) cumbre en el Volcán San Francisco, en Catamarca. “Hay que decir, es el más fácil de los Seismiles”, dice a LA GACETA para quitarle mérito al acontecimiento, pero eso es imposible.
El San Francisco tiene una elevación de 6.040 metros sobre el nivel del mar (msnm) y forma parte de la Ruta de los Seismiles, un tramo que recorre las montañas más elevadas de Argentina (luego del Aconcagua, claro está). Sí, es el de menor tamaño, pero llegar allí también representa una hazaña, que se emprende con mucho entusiasmo y con mucha preparación. Rubén y otros cuatro miembros de la Asociación Argentina de Montaña (
AAM) hicieron cumbre allí el 26 de enero. “A las cuatro de la mañana empezamos a caminar; el día estaba hermoso. Anduvimos muy bien y llegamos en un tiempo espectacular: tardamos 7 horas y 45 minutos”, narra mientras muestra algunas fotos de la expedición.
Luego de algunas “palabrotas” -fruto de la emoción de haber logrado el cometido- los montañistas se emocionaron y festejaron juntos. Es que -dice- lo que se siente en la cumbre es único. “No hay nada mejor que llegar y abrazarte con tu grupo”, resume.
El origen
Su interés por las montañas empezó de chico, pero no pudo materializarlo. Hizo su secundaria en el Instituto Técnico de la Universidad Nacional de Tucumán, pero -para protegerlo, advierte- sus padres nunca lo dejaron asistir al tradicional campamento de la institución en Las Mesadas. “Después, de grande, perdí el interés... Hasta el 26 de julio de 2014 -recuerda, con total precisión-. Ese día se me ocurrió ir a Puerta del Cielo; llegué hasta arriba, me saqué una selfie para mi familia y se las mandé diciendo que ‘este no es un gran paso para la humanidad, pero sí para Rubén’”. Y así fue. Por completa casualidad, se encontró con un miembro de la AAM. “Me mostró lo que hacían y dije ‘no, disculpame... esto es muy profesional para mi’. Le pedí el teléfono y a los 15 días me animé”, comenta.
Hizo un curso de introducción al montañismo y a los 67 subió por primera vez el Cerro el Negrito (de 4.600 msnm). “Ahí empecé a hacer alta montaña; comencé a ver que podía, y vi que lo fundamental era entrenar”, explica. El entrenamiento es importantísimo; día por medio sube y baja 104 veces las escaleras de su casa, cargando a cuestas la mochila de 12 kilos que lo acompaña en cada una de las expediciones. “Cuando llegás a la cumbre, tenés que tener condiciones como para volver a subir la montaña entera; o sea, que tenés que estar preparado, te tiene que sobrar condición para que sea algo que disfrutes. La montaña no es para sufrir”, indica.
En pocos años, Rubén ya recorrió, por ejemplo, tres veces el camino a la Ciudacita y coronó varias montañas en Tucumán y en otras provincias.
Al final del recorrido
La primera vez en llegar a una cumbre fue en el cerro Cabra Horco. “Fue con el curso de iniciación (de la AAM). Tenía una adrenalina total; y sentía que tenía que llevar algo que me ayude afectivamente. Mis abuelos son de Pamplona; ahí tengo unos primos que me regalaron un pañuelo, que normalmente te ponés cuando empieza San Fermín y te lo sacás cuando termine la fiesta. Yo lo llevé al pañuelo para sentir esa fuerza... no creía que iba a llegar”, recuerda emocionado. Hoy, varios años después, sigue una cábala similar: en todas las montañas que sube se fotografía junto a una bandera de su familia. “Los llevo siempre. Ellos al principio estaban más preocupados de que me pasara algo; pero a mi me dio mucha confianza el apoyo de los chicos (de la AAM). La primera vez que salí con ellos, me atrasé. Nicolás y Ulises Kusnezov se quedaron conmigo atrás y yo les dije ‘ya estoy bastante grande como para saber dónde está mi lugar, y me parece que este no es el mío. Ustedes están en otro nivel’. Ellos me respondieron que, si me gustaba, me iban a esperar siempre. Y así fue”.
Inimaginable
Para Rubén la edad no es un problema. En estos días le dijeron que al parecer él sería la persona de mayor edad en hacer cumbre en el San Francisco, pero mucho no le importa. “No sé si es así, pero yo no quiero estar detrás de ningún récord. Sólo estoy detrás mío. Lo único que sí me interesa es decirle a la gente de cierta edad que sí hay posibilidades, que sí se pueden hacer cosas -reflexiona-; espero poder seguir haciendo esto, pero yo no me desafío. Si se dan (las expediciones), bien. Ahora, por ejemplo, me interesan hacer todos los Seismiles, pero no es algo que me preocupa. A esta altura de mi vida ¿a quién tengo que demostrarle algo? lo más importante ha sido mi construir mi familia, tener mis hijos y mis nietos...”.
Tampoco se imaginó, nunca, estar a esta altura subiendo montañas. “Mis abuelos maternos murieron antes de esa edad; mis padres sí vivieron hasta los 90, porque la calidad ha ido mejorando. Pero, te juro, no es que tengo en cuenta la edad... sólo me doy cuenta por mis amigos que me dicen ‘mirá lo que has hecho’”, dice y sigue: “la edad es sólo un agregado. Lo que menos tiene que hacer uno es creérsela, y hay que ser modesto y agradecido. Yo pude hacer todo esto gracias al Club; nunca me imaginé estar haciendo cumbres. Fue por pura casualidad; no tenía ningún plan. Cuando empecé, lo hice con la timidez esta de que a los viejitos siempre hay que ponerlos a un costado... pero no es así”.